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LA ABOGACÍA: UNA PROFESIÓN INCOMPRENDIDA

Esta entrada, si bien no explica noticia alguna de interés, y/o desarrolla una resolución judicial que podría calificarse de exitosa, pretende acercar la profesión de la abogacía al profano en leyes, porque si bien es una labor tan antigua como el propio Derecho, es quizá, una de las profesiones más desconocidas e incomprendidas.

Es difícil describir la profesión de abogado e intentar dar una visión completa de todo lo que la misma engloba. Podríamos decir que el abogado es el licenciado/graduado en Derecho que, superando los requisitos de aptitud profesional, estudia la ley y la interpreta, y en base a ello, asesora jurídicamente al cliente y defiende sus derechos e intereses legítimos tanto en sede judicial como fuera de ella.

Sin embargo, dicha definición es parca y no abarca la grandeza de esta profesión y todos los aspectos que la misma engloba, pues el abogado, también (y salvando las distancias) tiene parte de psicólogo, orador, antropólogo, sociólogo o criminólogo.

Desde hace años, proclamo la idea de que, para los clientes, el abogado, se ha convertido en el confesor del siglo XXI, y su despacho en una suerte de confesionario, donde en lugar de venir a implorar perdón divino, se clama justicia y a veces venganza. Precisamente, este es el punto de partida de la visión incomprendida de nuestra profesión.

A menudo nos encontramos con varios problemas que entorpecen nuestra labor:

El primero de ellos se entronca directamente con el cliente que oculta la verdad.  Esta ocultación tiene su razón de ser en la vergüenza, la falta de confianza o, el temor a ser juzgado y tiene como consecuencia la merma directa en sus derechos e intereses. No es infrecuente, que la verdad busque la luz de forma sorpresiva, en momentos procesales complicados y que la mentira entorpezca y dificulte el buen hacer del abogado.

También es frecuente que el cliente, enfoque su asunto desde la pasión y la subjetividad de quien sabe que han atentado contra sus bienes materiales e inmateriales más preciados. Esa pasión y subjetividad alejan del foco de trabajo los puntos jurídicamente más relevantes, dificultando el trabajo del letrado. Y es que a veces, nuestro ideal de Justicia o nuestro ahínco por contar nuestra verdad a modo de sanación interna, o resultan irrelevantes o contraproducentes en sede judicial.

Luchamos, además, contra la premura del cliente por dar presta salida a su asunto; asunto que bien requiere un tiempo de estudio para la elaboración del escrito más adecuado y correcto, planificada la estrategia desde la tranquilidad de no verse hostigado por la preclusión de los plazos procesales. En estos casos, nos vemos obligados a recordar que el trabajo bien hecho requiere tiempo y minuciosidad y que se trabaja sin pausa, pero sin prisa, pues aludiendo al refranero popular, en cuestiones jurídicas habría que aplicar la máxima del “vísteme despacio, que tengo prisa”.

El abogado es el profesional incomprendido, a quien pretenden, a veces, guiar en su trabajo con fundamento en conversaciones de tabernas sobre vecinas o primas que tuvieron un caso similar, siempre resuelto con éxito.

Por todo lo expuesto, desde estas líneas quiero reivindicar la profesión del abogado, instar a que se entable una relación abogado-cliente basada en la confianza mutua, la transparencia y la verdad. Pensad, que el abogado desde su despacho lucha por la solución más adecuada, y más justa para el cliente, amparada en la ley. Defiende a través del conocimiento y de la palabra, y defiende desde la serenidad y el rigor legal.  Desde estas líneas quiero lanzar un mensaje de tranquilidad para los clientes, instando a que confíen en sus letrados, se guíen por sus consejos y tengan siempre presente que esta profesión, en la mayoría de los casos, está basada en la vocación de quien la ejerce, de quien ama el Derecho y hace de la defensa su forma de vida.

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